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Artículo: Barcelona y el perfume: una geografía olfativa

Barcelona y el perfume: una geografía olfativa

Barcelona y el perfume: una geografía olfativa

Si la perfumería tiene capitales, Barcelona no aparece habitualmente en la primera línea. París concentra el discurso del lujo, Grasse el cultivo, Florencia la tradición artesanal renacentista. Pero hay una historia perfumística catalana que merece ser contada, no como nota a pie de página sino como tradición propia. Una historia que empieza con la industria modernista de principios del siglo XX, atraviesa el siglo con dos grandes casas familiares y desemboca hoy en una escena nicho contemporánea que vuelve a colocar a Barcelona en el mapa.

Esta es una geografía olfativa que pocos cuentan. Y que, leída con atención, dice algo importante sobre la perfumería europea.

La huella modernista

A principios del siglo XX, Barcelona vivía la efervescencia industrial del modernismo catalán. La ciudad era el segundo mayor centro industrial de España, con una burguesía emergente que demandaba bienes de consumo refinados al gusto europeo. La perfumería formaba parte de esa demanda.

Las primeras casas catalanas aparecen en este contexto. Floralia, fundada a mediados de los años diez, fue una de las pioneras. Especializada en jabones y aguas de colonia con un perfil claramente mediterráneo, distribuía sus productos por toda España y América Latina. Su Maderas de Oriente, una de las primeras fragancias orientales producidas en España, mantuvo presencia comercial durante décadas.

Pero la pieza fundamental de aquel período no fue Floralia. Fue Myrurgia.

Myrurgia: la maison perdida

Esteve Monegal i Prat fundó Myrurgia en Barcelona en 1916. Era escultor de formación, había estudiado en París durante el cambio de siglo y conocía la tradición perfumística francesa de primera mano. La casa que fundó intentó algo ambicioso para su momento: crear una perfumería de prestigio española capaz de dialogar con las grandes maisons parisinas.

Durante las décadas siguientes, Myrurgia lanzó composiciones que marcaron la perfumería ibérica del siglo XX. Maja, lanzado en 1921, se convirtió en una de las fragancias españolas más reconocidas internacionalmente, exportada a Estados Unidos y América Latina durante generaciones. Joya y otras composiciones consolidaron una identidad olfativa con carácter mediterráneo y referencias culturales propias.

La casa también fue precursora en otro aspecto: el frasco como objeto de diseño. Esteve Monegal, escultor de formación, prestaba personalmente atención a los envases. Los frascos de Maja, decorados con motivos goyescos diseñados por el ilustrador Federico Ribas, son hoy objetos de coleccionismo. Es uno de los primeros ejemplos en España de la integración entre perfumería y artes aplicadas que años después caracterizaría a las grandes maisons francesas.

Myrurgia funcionó como casa independiente hasta los años setenta. Fue adquirida progresivamente por Puig y la marca terminó disolviéndose en la cartera de su sucesora. Algunas de sus fragancias siguen produciéndose hoy, pero la identidad de la casa como tal pertenece ya a la historia.

Puig: la otra historia catalana

La segunda gran historia perfumística de Barcelona empieza en 1914, dos años antes que Myrurgia. Antonio Puig Castelló, comerciante catalán, fundó una pequeña empresa importadora y, durante los años veinte, empezó a producir sus propias fragancias. La primera composición de la casa, Milady, salió al mercado a principios de aquella década.

Puig creció lentamente durante el resto del siglo XX, construyendo una cartera de marcas propias y desarrollando una capacidad industrial que la diferenció del resto del sector español. A partir de los años sesenta, la casa empezó a adquirir licencias internacionales. Paco Rabanne fue la primera apuesta importante, seguida en décadas posteriores por Nina Ricci, Carolina Herrera y Jean Paul Gaultier.

Hoy, Puig es un grupo perfumístico global con sede principal en Barcelona. Es una de las pocas casas de perfumería de gran escala del mundo que mantiene su centro neurálgico fuera de París. Su torre en Plaza Europa, terminada a mediados de los años dos mil diez, es el edificio más visible del sector perfumístico en España.

Esta presencia importa. Para una ciudad, tener una de las cinco mayores casas de perfumería del mundo con sede operativa significa una concentración de talento, conocimiento técnico, infraestructura industrial y proveedores que difícilmente existe en otras ciudades europeas fuera de París. Barcelona, sin discurso explícito sobre ello, es una de las ciudades perfumísticas más importantes de Europa.

La revolución silenciosa de los setenta y ochenta

Las décadas finales del siglo XX trajeron cambios estructurales al sector. La perfumería industrial española se concentró progresivamente: las casas independientes pequeñas desaparecieron o fueron absorbidas, los grandes grupos internacionales consolidaron cuota de mercado, y la distribución se profesionalizó.

Barcelona perdió en este proceso buena parte de su industria perfumística histórica. Floralia, Gal y otras casas familiares de mediana escala fueron adquiridas, fusionadas o cerradas. La ciudad mantuvo su papel industrial a través de Puig, pero la diversidad del tejido perfumístico se redujo.

Sin embargo, paralelamente, una nueva sensibilidad estaba germinando. Diseñadores, perfumistas y emprendedores empezaron a interesarse por la perfumería como territorio creativo independiente del modelo industrial. Esta sensibilidad tardaría dos o tres décadas en cuajar como sector, pero estaba ahí.

El nicho contemporáneo

La escena de perfumería nicho en Barcelona, tal como existe hoy, empieza a articularse a partir de finales de los años dos mil.

Ramón Monegal, descendiente directo del fundador de Myrurgia, lanza su propia casa de perfumería nicho en 2009 después de décadas trabajando en la perfumería familiar. Ramón Monegal Barcelona propone composiciones orientadas al lujo clásico, con materias primas de alta calidad y un perfil estético que dialoga con la tradición catalana del siglo XX sin caer en el folclorismo. La casa tiene boutique en Barcelona y distribución internacional selectiva.

Carner Barcelona aparece poco después, en 2010. Sara Carner construye una marca con identidad mediterránea explícita: el mar, el azahar, las especias del comercio histórico catalán, las flores blancas. El criterio editorial de Carner es claro y la marca ha logrado un reconocimiento internacional en el circuito nicho que pocas casas españolas han alcanzado.

Junto a estas dos referencias mayores, una constelación de proyectos más pequeños empieza a explorar el territorio. Algunos trabajan con materias primas locales españolas, especialmente el ládano de la jara mediterránea y los cítricos de levante. Otros proponen aproximaciones conceptuales más experimentales. La escena es todavía pequeña y poco articulada como sector, pero existe y produce trabajos de calidad.

La geografía olfativa de Barcelona hoy

¿Qué tiene Barcelona para ofrecer como territorio olfativo, más allá de la historia industrial?

Tiene un repertorio de materias primas locales y regionales que la perfumería ha utilizado relativamente poco. El ládano del Levante peninsular es una de las resinas más complejas de la perfumería clásica. El azahar de Valencia produce neroli y petitgrain de perfiles propios. La lavanda de Castilla, el romero y el tomillo mediterráneo son materias primas con historia herborista que la perfumería ha explorado de manera incompleta.

Tiene una infraestructura industrial real, con Puig y sus proveedores como ecosistema. Cualquier perfumista que quiera trabajar en Barcelona encuentra capacidad de fabricación, embotellado, etiquetado y distribución a escala industrial sin tener que recurrir a operaciones italianas o francesas.

Tiene una cultura material que el resto del Mediterráneo reconoce. La luz catalana, el comercio histórico con el norte de África y Oriente Próximo, la tradición farmacéutica y herborista, el modernismo como sensibilidad estética. Todo esto es repertorio cultural disponible para una perfumería que quiera articularlo.

Y tiene, también, una distancia de París. Esta distancia, paradójicamente, es una oportunidad. Barcelona no compite con París como capital perfumística porque opera en otra escala y con otra lógica. Eso le da libertad para desarrollar una sensibilidad propia sin la presión del canon parisino.

Una manera de mirar

La perfumería catalana del siglo XX intentó muchas veces parecerse a la francesa. La perfumería catalana del siglo XXI puede permitirse, por primera vez, no parecerse a nadie.

Lo que esto significa todavía está por verse. La escena nicho barcelonesa es pequeña, las casas son pocas y los recursos limitados. Pero hay una idea que circula entre quienes trabajan en el sector en la ciudad: que Barcelona puede ser, en perfumería, lo que ha sido en arquitectura, diseño y gastronomía. Un lugar donde se desarrolla una manera propia de hacer las cosas, sin pretender competir directamente con los centros canónicos del oficio.

Atelier Fragrances opera desde esta ciudad y desde esta sensibilidad. No por casualidad geográfica, sino por convicción editorial. Creemos que la perfumería nicho mediterránea tiene mucho que decir, que Barcelona tiene una posición particular dentro de ese territorio, y que articular esa posición con criterio es parte de lo que el sector necesita hoy.

La geografía olfativa de Barcelona está, en muchos sentidos, todavía por escribir.

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